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Diarios neerlandeses, 58

por Claudio Molinari Dassatti

58

Tras otros cinco kilómetros de marcha, ya con las piernas llorosas, alcanzamos un complejo de cinco búnkeres alemanes de la Segunda Guerra. Tres de ellos son redondos y con el frente escalonado, los otros dos parecen terrazas mayas, y probablemente hayan sido puestos de aprovisionamiento. Trepamos las dunas. El viento mueve la hierba que cubre la colina y rodea los búnkeres.

La playa larga, las inmensas construcciones de cemento, el cielo gris, el viento, la hierba, y la certeza de que todo esto ha sido creado para matar, me sitúa mentalmente en la escena del desembarco de Salvar al Soldado Ryan. En ciertas partes de Alemania y Austria mis sentimientos han hecho ese mismo viaje en el tiempo, a la época en que el mundo se dedicaba a matar y a morir; y, si eras afortunado, solo a sufrir. Mientras escribo esto en la radio suena la Sonata para Violín y Piano Opus 82 de Elgar. Me entran escalofríos.

Los búnkeres han sido tapiados para no facilitarle la tarea a los vándalos, o tal vez porque están en buen estado y siguen siendo utilizables. Todavía hoy hay búnkeres por toda Europa. La superficie de estos mastodontes está decorada con una textura de raspones y puntitos impresionados en el cemento, como si los constructores hubiesen usado para el acabado puñados de espaguetis y con ellos dibujado todas las superficies. Quizá los raspones son el resultado de haberles quitado el camuflaje original. Me pregunto cómo es que Egipto fascina tanto, cuando hay una historia mucho más brutal y más cercana a nuestro alrededor.

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