
Toda urbe europea que no haya sido nivelada por los bombarderos, tiene como corazón su ciudad vieja o casco viejo. Por eso también hay dos Bruselas, la del palacio de justicia y el Bozar, y debajo, la zona antigua, donde están la bolsa de valores, los puestos de ostras y está todo lo demás. En medio, camino abajo, una serie de construcciones modernistas que nada tienen que envidiarle a Gaudí. Pero Bruselas tiene un je ne sais quoi aburrido y mortecino, por lo que nadie, excepto políticos y arquitectos, la incluye en sus itinerarios.
Pero el casco viejo ofrece otras bellezas: comederos para indigentes, bares con borrachos y elegantes barriadas obreras de ladrillo; elegantes ahora que ya han sido gentrificadas, esa palabra que en realidad significa ‘especulación inmobiliaria’. También abundan en la vieja Bruselas anticuarios excéntricos, si bien la diferencia entre excéntrico y dementes a veces no siempre resulta tan fácil de calibrar.
Por el ventanal del templo del alcoholismo en el que nos guarecimos de la lluvia, divisé una plaza desierta y cubierta de basura. Tras una sinapsis y un destello recordé que veinte años antes había comprado allí una corbata de lana a rayas azules y verdes. Por entonces yo daba clases y la corbata me otorgaba una dignidad de la que carecía. ¿Por qué será que el cerebro nos juega estas pasadas? ¿Por qué reflotará esos detalles y no una de las tantas noches de amor sin condones que se nos han ido derramando de la memoria?
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