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Diarios neerlandeses, 12

por Claudio Molinari Dassatti

12

Una silla, cualquier silla, está compuesta por asiento y respaldo. Hay veces que cuentan con apoyabrazos, otras no. Pero siempre tienen patas o soportes que la elevan invitándonos a descansar.  Es tremendamente difícil, incluso para un arquitecto pedante, innovar en el terreno fecundo de la silla.

Permítanme una digresión. Cuando Ferrán Adriá sirvió aquella copa de tortilla deconstruyéndola en varios estratos de sabor, innovó sobre el -llamémosle diseño- clásico de la cocina española. El catalán se asemeja mucho a un arquitecto, aun así hay que admitir que su neo-tortilla fue rompedora. La silla del Stedelijk, del tipo con apoyabrazos, también lo era.

Su creador, ojalá no se trate de un arquitecto, la había deconstruido en dos secciones:
a) una estructura de respaldo con apoyabrazos, cual semicoliseo romano con patas propias
b) un banco-asiento

De modo que podía usarse el banco solo o añadirle el respaldo-apoyabrazos. Pero ¿qué hacer con esa última porción de la silla? Nada. Era inútil. Eso sí, hasta entonces nadie había separado la silla en sus elementos fundamentales y vuelto a reunirlos reconfigurados. Por lo que, si la tortilla de Adriá ha pasado a la historia, aquella silla también merece ser inmortal, al menos entre nosotros.


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