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Diarios neerlandeses, 10

por Claudio Molinari Dassatti

10

Desde que se casó Tatiana, pues así se llamaba mi novia, no la volví a ver. Aunque hubo una última noche en que se dejó caer por mi domicilio a llorarme sus penas de amor. Al parecer el cocainómano no la trataba bien. Yo me reí en su cara: la venganza se come fría.

Afortunadamente de Bruselas y lamentablemente de Amsterdam recuerdo poco y nada, y, como se comprenderá, no me es posible recurrir a los recuerdos de ella. Pero sí a los de Frederik, que ahora lleva una vida familiar ejemplar con esposa, dos hijos y un perro apestoso. Sin embargo, y pese al orden, él tampoco consigue rescatar más que retazos.

-Siempre que pienso en Amsterdam te veo a ti en un tranvía riendo como una hiena.
Muchas veces se choca uno con aquel mismo yo del pasado, un ser reconocible pero no del todo conocido. Nuestra personalidad primera, en cambio, nunca se aleja tanto del producto final, de la versión terminada, de la personalidad actual. Frederik también me explicó que de Luxemburgo solo podía añadir que pasó una vez en tren, y que la estación aquella tenía andén. Un dato que los historiadores de siglos futuros atesorarán.


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