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lobas heridas y sembradoras de cizaña (Primera parte)

Miguel Pérez de Lema

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Ay, los viejos tiempos en que una mujer que a los cuarenta años no tenía a un hombre a su lado era un alma inofensiva. Solía quedarse en cursi adorable, rodeada de recuerdos -algunos auténticos- en su casita encantada. Una Señorita de Trevelez, asomada a la ventana entre visillos, una criatura a medio hacer, sin malicia, y hasta con encanto. En el peor de los casos podía putrefaccionarse y volverse viuda de su propia vida, yendo mucho a misa, odiando el placer ajeno y sofocándose al atardecer.

La cursi, ensimismada, había confeccionado un carácter propio, no daba la lata a nadie, y era un recurso literario de lirismo provinciano, y muy hondo. Un mamantial de compasión. A la otra, a la torva envidiosa, nos parece reencontrarla multiplicada y agigantada en nuestro mundo post civilización. Que Dios nos perdone por señalarlas, que ellas seguro no lo harán.

Esta especie carece de nombre reconocible. No es una solterona, no es una alegre divorciada, no es una triunfadora, no es una buscavidas, no es una bohemia, si bien puede camuflarse aportunamente bajo disfraces similares a éstos. Esta especie de mujer a la que hemos tratado ya en más de una ocasión es una máquina averiada, con herrumbre en los engranajes del corazón, y una espantosa soberbia para reconocerlo. Esta mujer tiene por secreta afición satisfacer su doloroso ocio practicando el arte del «reencuentro casual» con sus viejas amigas. Su vida parece intensa pero es agotadoramente estéril, es la vida del viajero que se perdió en la estación sin llegar a encontrar jamás su tren. Pasan los años y allí está, dando vueltas a su noria de hombres que siempre están de paso, a emociones juveniles cenagosas, a esa soledad que lleva a comprar un tresillo blanco con el que invariablemente acaba compartiendo sus sus cenas silenciosas.

El reencuentro casual supone una conjunción cósmica de fatalidades que ponen en bandeja a este tipo de mujer el ejercicio de su venganza. Venganza contra su amiga, contra los hombres, contra la vida, contra la suerte. Es imprescindible que la amiga reencontrada se halle en situación de máxima estabilidad, en ese momento en que la nave va, en que los días se deslizan sin sobresaltos, y en que empieza a sentirse un poco entumecida. Sus niños ya no son bebés, su hombre ya no la sorprende, su horizonte está en calma y un reencuentro supone un acontecimiento extraordinario.

Las amigas se ven por casualidad un día, se llaman al otro, y quedan al siguiente. La una ha empezado a tejer alrededor de la otra un espejismo de entusiasmo, de alegre primavera, de «posibilidades».

0 respuestas a «lobas heridas y sembradoras de cizaña (Primera parte)»

Vaya por delante, que reconozco el personaje, pero:

A pesar de que reconozco el personaje, creo que yerras el tiro.
Intentas echarle al mensajero la culpa de las crisis de pareja, de los avatares de la vida.

Si una relación es sólida, podrá haber amigas solteras que abran la ventana a un mundo- ficticio o no- de posibilidades, del mismo modo que siempre hay amigos del marido que intentan hacernos creer que su páramo de agenda resobada y viajes aventura es lo que desearía cualquier hombre ¿pasados los 45?

La convivencia desgasta, resoba, mata. ¿Quién no necesita un poco de aire fresco de vez en cuando? Si una relación se está derrumbando, cualquier viento inocente podrá acabar con ella.

La amiga soltera puede dar ideítas a una mujer casada, aburrida de su marido y de su rutina.
Y la tele.
Y los hombres jóvenes que sonríen a las maduras.
Y los maduros, que les susurran al oído como si todavía fueran unas chiquillas.
Y los libros, que volvieron loco a Alonso Quijano y le convirtieron en El Quijote.

Antes las mujeres no se movían de sus casas ni del lado de sus maridos porque no sabían lo que era trabajar dentro y fuera de casa, ni lo que era un orgasmo.

Ahora, las mujeres “saben”.
La vida es un campo de minas.
Y no es culpa de los solter@s.

1) No sé por qué, pero sabía de quién iba a ser ese promer comentario.

2) Miguel, me dessombrero.

Leo y releo y pienso: quien se plantee describir esta particular tristeza humana, u otra, va a tener que echarle mucha imaginación para mejorar la sonoridad de lo que acabas de escribir.

Y eso -enfrentarse a una frase inmejorable- es la marca del arte.

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