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Cuaderno Ziplock General

CZ. 11 de junio

 

por Claudio Molinari Dassatti

En la época en que no recolectaba basura o perseguía perros, yo era escritor. Mejor dicho, me ganaba la vida escribiendo y, en ocasiones, me quedaba tiempo para teclear un cuento o un poema. AdE los escritores teníamos mucho trabajo redactando textos para publicidad. ¿Qué era la publicidad, queridas generaciones venideras? Von Clausewitz lo hubiera explicado así: “la publicidad es la continuación de la industria por otros medios”.

Por ejemplo, en una oportunidad tuve que redactar una veintena de descripciones para cuadernos anillados. Cada modelo llevaba una fotografía distinta en la tapa  —un oso, una pareja besándose, dos coches de carrera— y yo tenía que describirlas individualmente. Gracias a eso, un cuaderno anillado que esencialmente era igual a otro podía venderse como un producto distinto. Y cuanto más ridículos eran los textos más nos pagaban. Por eso teníamos dinero para comprar unas libretitas de cuero muy monas (y muy caras) que se cerraban con un elástico. Esas libretas tenían dentro un texto que explicaba lo únicas que eran, que hasta Hemingway las había usado. Y todos las queríamos, pues eran sinónimo de creatividad y de genio.

Como iba diciendo, a veces tenía tiempo para escribir alguna cosa mía. Me gustaba escribir historias fantásticas, como la del bebé fosforescente o la del diluvio universal que ahogaba a todos los diseñadores gráficos. Un día, le lleve a una amiga escritora una novela que había terminado. Me dijo que no se entendía la línea de tiempo, que el relato saltaba de una cosa a la otra. Me deprimí y fui y me compré otra libreta de Hemingway. No me sirvió de nada.

Pero con los años, me fui dando cuenta que el tiempo, y los hechos, e incluso los recuerdos de esos hechos, sólo se suceden linealmente en la ficción. Es decir, un libro de historia que explica una guerra linealmente es un gran trabajo de ficción. Una novela que explica una saga familiar con eventos consecutivos es una ficción. Un ensayo, donde las ideas encajan como piezas de puzle, es ficción.

Por eso siempre me viene a la mente Rock Hudson. Recuerdo que lo que más me fascinó de su biografía fue que los amores de su vida no estaban ordenados. Sus amores aparecían, se iban, regresaban… casi al mismo tiempo,  otro amor empezaba o un viejo amor renacía… y después, ese amor u otro se marchaba de nuevo…. y en medio de este ir y venir, a menudo surgía algún un affaire lleno de romanticismo o un desamor… Todo se sucedía y se superponía y se enredaba, como un rebujo de hilo en un costurero. Rock Hudson fue sincero, no quiso ponerse a ordenar la realidad. Quiso que su biografía fuese como la vida, no como una ficción. Al fin y al cabo, la realidad es como la vida de Rock Hudson: salta de un tiempo a otro, de un hecho a otro, de una idea a otra, se mezcla, se confunde. Mi amiga la escritora no estaría de acuerdo. Pero yo estaba aquí despellejando un perro tan a gusto y de un salto estuve con Rock Hudson, y ahora estoy escribiendo esto para un futuro que quizá no exista.

 

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