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Espiando a los vecinos: moteros

por Adrian Herreros
Fotografía en contexto original: tattooique
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Nunca he conocido un nómada verdadero que pudiera mantener una moto con todos los apliques, espejitos, flecos y gilipolleces que uno sólo se puede permitir cuando tiene nómina y domicilio fijo.

La mayoría de propietarios de Harley Davidson que conozco son honrados padres de familia y probos empleados que, de vez en cuando, se ponen el cuero, se sueltan la melena que en la oficina llevan recogida, montan a la parienta a su espalda y salen a tomar una cerveza sin alcohol con otros oficinistas moteros. Les basta eso para sentirse “libres”, dicen.

Pero estos eran difentes. Raros. A su parafernalia motera no le faltaban ni los tatuajes, y podías encontrártelos vestidos de ángeles del infierno un martes por la mañana. En una urbanización familiar como ésta, estaban tan fuera de lugar como un camello de éxtasis a la puerta de una residencia de ancianos. Y sin embargo, algo fallaba en su intimidante semiótica. Cuando mi 1,98 de altura, mi pelo cortado a cepillo y mis ojos azules se cruzaban con ellos, traicionaban a la marca de motocicletas a la que habían consagrado su vida y respondían a mi saludo bajando la vista, como quien está acostumbrado a agachar la cabeza para recibir los golpes del amo. Como inmigrantes recién llegados que todavía no saben que aquí tienen derechos. Como ilegales. Pero un ilegal no puede permitirse vivir aquí. Tampoco debería permitírselo su ideología de viento en la cara.

Con frecuencia les veía a los dos juntos, cada uno con un cubo, lavando las motocicletas hasta dejarlas como espejos, saltándose a la torera las prohibiciones de lavar los vehículos en las zonas comunales. Pero no había en ellos rastro de la camaradería masculina que suele reinar cuando varios hombres se saben en territorio sin mujeres, pasaban la bayeta en silencio. Aquellos tipos no eran felices. Habían abandonado su tierra y sus raíces para vivir como si fueran descerebrados de Wisconsin y no eran felices. Iban disfrazados todo el día y no eran felices.

La mayoría del tiempo las motocicletas estaban aparcadas. Un día llegué cuando las estaban arrancando. Sus mujeres les estaban esperando en la verja de entrada con los brazos cruzados en actitud desafiante, como si dijeran “atrévete a decirme algo, anda” Sólo les faltaba gruñir. Eran gordas, feas y con bigote y siempre parecían estar muy enfadadas, como si el mundo en general las ofendiera sin descanso y todos tuviéramos una grandísima deuda con ellas. Ellos se detuvieron para esperar que la verja terminara de abrirse. Ellas se sentaron tras ellos y se derramaron a los dos lados de la Harley.

Y no pude evitar sentir lástima por aquellos dos ángeles del infierno, aquellos dos pobres diablos.

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