Cenamos en un restaurante del que éramos los únicos clientes. A mis anfitriones les fascina Asia y viajan a China y Tailandia varias veces al año, por trabajo y por placer. El dueño del establecimiento, amplio, silencioso y vacío había huido de Vietnam tras la guerra y el destino lo había hecho recalar en Bélgica.
Para convencerme de que el futuro estaba en China y Tailandia, Yamila me recomendó A Fortune Teller Told Me de Tiziano Terzani. Yo solo había leído Un bárbaro en Asia de Henri Michaux y una veintena de escritores chinos y japoneses. Eso sí, evitando siempre a Murakami, cuyas novelas poseían la calma estética de Japón pero nada de su contenido. Incluso llegaría a leer las Antimemorias de André Malraux, pero Michaux seguía ganando.
Dejamos el restaurante y regresamos por las calles más funcionariales de Bruselas, por sus aceras desiertas a las nueve de la noche, atravesando un parque maravilloso y hueco. Entonces los edificios afrancesados de pronto se tiñeron de azul y chillaron sirenas, anunciando un contingente de altos mandatarios o militares de la OTAN. Primero pasó una guardia motorizada, seguida de dos Citroëns blindados, seguidos de varias 4×4’s blancas avanzando a toda velocidad. Y, como corolario, otro par de motocicletas.
La comitiva atravesó el cruce como una exhalación y en cuestión de segundos el túnel del tiempo se perdió al otro extremo de la avenida. Las calles volvieron a oscurecerse, los funcionarios volvieron a sus restaurantes y retornó el silencio. Fue una exposición directa al mágico conducto por el que el poder se mueve por nuestra tierra.
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