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Cuaderno Ziplock General

CZ. 4 de julio

por Claudio Molinari Dassatti
imagen en contexto original: historia.nationalgeographic

Lo bueno de llevar un diario como este –secreto, y protegido en una bolsa de plástico— es que aquí puedo anotar las cosas de las que no puedo hablar ni siquiera con los compañeros pulgosidad y de hambre. Hubo un momento en que valía la pena contarlas, fue la época en que intentábamos darle un sentido a Esto. Ya no. Ahora sólo pensamos en lo que está a la vuelta de la esquina. Y eso es ahora lo natural. Oír los gritos de alguien siendo cortado en pedazos vivo se ha vuelto tan normal como ver unos leones atacar a una gacela. Sólo falta David Attenborough. Pero como para que lo entiendan (vosotros generaciones venideras no sabéis quien fue), se trataba de una voz que durante los documentales nos explicaba cómo funcionaba la naturaleza. Era como la voz de Dios (aunque tampoco sabéis qué ese eso).

Aquí en mi cuaderno puedo escribir mis pensamientos, mis intentos de comprender lo que sucede a mi alrededor, de darle algún sentido a todo esto. Aquí puedo llevar un registro de los acontecimientos importantes, como nuestros intentos de establecer un poco de orden en medio de las escaramuzas, anotar recuerdos que me surgen de repente, garabatear fantasías. Las fantasías son muy importantes en medio de tanta matanza y guerra constante. Incluso para intentar convencerme de que algún día nos daremos cuenta de cómo darle la vuelta a Esto, aunque tengamos que comernos a alguno de vez en cuando. También puedo transcribir las conversaciones privadas que tengo con algunos amigos, como para no olvidarlas.

Como la que tuve con Ivanka un día que hablamos de por qué tenía una teta sola. Ese día, esa noche en realidad, me contó delante de un fuego que cuando empezó Esto sólo consiguió un implante de silicona.

-Lo compré de contrabando –me dijo Ivanka—.  Y encima, algunos meses después dejaron de conseguirse las hormonas que tomaba.
-¿Y qué hiciste?
-Tuve que aguantarme. Volver a como me había sentido antes. Yo siempre me autopercibí como mujer.

Se quedó mirando el fuego unos instantes.

-¿Y tú? –me preguntó—. ¿Tú cómo te autopercibes?
-Lo mío es más fácil. Yo sólo me autopercibo pulgoso y muerto de hambre.

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